
Las bombas caen sobre Gaza, con el apoyo incondicional de las instituciones más poderosas del mundo occidental; la tierra se calienta por encima de sus posibilidades mientras los gobiernos siguen subvencionando los combustibles fósiles; los bancos y los fondos de inversión desahucian de sus casas a pobres y no tan pobres; la privatización de la sanidad y de la educación sigue su curso; los beneficios empresariales crecen más que los salarios; la extrema derecha se reúne en Madrid para celebrar sus éxitos alrededor del mundo y seguir impulsándolos, porque, votación tras votación, la ola reaccionaría parece no tener fin, como si una pulsión de muerte arrastrara la ciudadanía y la libertad política se hubiera convertido en un instrumento de autodestrucción.







